Teología del Cuerpo, afectividad, sexualidad, identidad y vocación al amor.
Durante mucho tiempo busqué llenar mi corazón sin saber realmente qué estaba buscando. Mi historia con Dios no comenzó en un ambiente de profunda vida espiritual. Desde muy niño existía en mí una búsqueda intensa: quería encontrar algo que respondiera a lo que llevaba dentro, aunque muchas veces terminé buscándolo en lugares que no podían darme aquello que necesitaba.
Antes de conocer verdaderamente a Jesús estuve involucrado en prácticas relacionadas con la New Age y el ocultismo. Al mismo tiempo, mi afectividad y mi sexualidad comenzaron a desarrollarse de una manera profundamente desordenada. A los nueve años fui expuesto a la pornografía. Lo que inicialmente apareció ante los ojos de un niño terminó convirtiéndose progresivamente en consumo. Mi despertar sexual ocurrió demasiado pronto y comencé a relacionar la sexualidad con la búsqueda inmediata del placer. Sin comprender realmente lo que estaba sucediendo, fui generando dependencias, hábitos y formas de relacionarme con mi propio cuerpo que posteriormente marcarían una parte importante de mi historia.
Pero a los doce años ocurrió algo que cambió el rumbo de mi vida: participé en un retiro espiritual católico y allí me encontré con Jesús. No simplemente conocí algo más acerca de Dios. No fue únicamente una experiencia emocional ni el descubrimiento de una nueva práctica religiosa. Por primera vez experimenté que detrás de aquello que llevaba años buscando había una Persona: era Él. Jesús salió a mi encuentro en medio de una historia que ya tenía heridas, búsquedas, dependencias y preguntas que un niño de doce años ni siquiera sabía nombrar.
Ese encuentro, sin embargo, no hizo desaparecer automáticamente todas mis luchas. Conocer a Jesús fue el comienzo de un camino, no el final de todos mis procesos. Después de aquel retiro comencé una vida de fe, oración, formación y evangelización. Desde muy joven fui descubriendo el deseo de anunciar a Cristo y de entregar mi vida al servicio de los demás. Llegaron las comunidades, las misiones, los retiros, las predicaciones y muchos años intentando decirle a otros que Dios podía transformar sus vidas. Pero mientras anunciaba a un Dios que restaura, yo también necesitaba ser restaurado.
Con el tiempo tuve que enfrentar una verdad incómoda: amar profundamente a Jesús no significaba que todas mis heridas hubieran desaparecido. Algunas de aquellas luchas que habían comenzado durante mi infancia seguían allí. También aparecieron heridas afectivas, vacíos, preguntas sobre mi identidad, mi manera de amar y mi propia historia. Fue entonces cuando mi relación con Dios comenzó a adquirir una profundidad diferente. Ya no se trataba solamente de servirle; tenía que permitirle entrar en mi afectividad, en mi sexualidad, en mis heridas, en mis recuerdos, en mis vínculos, en mis deseos e incluso en aquellos lugares de mí mismo que durante años había preferido esconder.
Comencé a comprender que la gracia no destruye nuestra humanidad: la sana, la ordena, la eleva y la lleva a su plenitud. Desde ese camino comenzó a gestarse lo que hoy conocemos como Habitados por Él. En 2021 nació esta obra de evangelización desde una convicción que primero tuvo que atravesar mi propia historia: no basta con conocer cosas acerca de Dios; necesitamos permitir que Dios habite todo lo que somos.
Habitados por Él nació para hablar de aquello que muchas veces nos cuesta mencionar dentro de nuestros espacios de fe: las heridas, la afectividad, la sexualidad, la pornografía, las dependencias, el abandono, la identidad, nuestros vínculos y esa profunda necesidad de amar y ser amados que atraviesa el corazón humano. No nació porque yo hubiera llegado al final del camino; nació mientras Dios también estaba escribiendo el mío.
Hoy continúo siendo formado, confrontado y restaurado por Él. Estudio Teología, sirvo en la evangelización y en la educación, y sigo descubriendo que algunas de las partes de nuestra historia que alguna vez quisimos esconder pueden convertirse, cuando son tocadas por la gracia, en lugares desde los cuales podemos acompañar a otros. Por eso no quiero presentarme como alguien que tiene todas las respuestas. Soy alguien que fue encontrado: un niño que buscó plenitud en muchos lugares hasta descubrir que aquello que realmente anhelaba su corazón tenía un rostro, el rostro de Jesús.
Si algo he aprendido durante estos años es que Cristo no quiere habitar solamente nuestra oración, nuestros retiros o nuestros momentos espirituales. Quiere habitarlo todo: también aquello que nos avergüenza, aquello que todavía estamos aprendiendo a ordenar, nuestras heridas, nuestra sexualidad y nuestra historia. Porque nuestra historia no termina en aquello que nos hirió; puede convertirse en el lugar donde Dios comienza una obra nueva.
Vivimos en Él porque Él vive en nosotros.